Presidio
Cómo olvidar, corazón, que estás dentro.
Me he perdido, encontrado y recibido en los brazos de mil personas.
Miré atardeceres desde la ventana en que esperabas mi llegada.
Atardeceres con el sol del otro lado.
Atardeceres que me dejaban sin luz y sin ti.
Cómo reconocer, corazón, a la lluvia que quiere limpiarme y sigo sin permitirlo.
Viajé muy lejos, dejé el equipaje en casa y dormí hasta hinchar mis ojos de tanto soñar con tus pasos regresando, suplicando por hallar mi camino.
Guardé en una caja (sólo para ti, corazón) las partituras de la canción que cobra vida cuando tus ojos rodean mi cuerpo.
Cómo olvidar, corazón, que estás dentro.
Llené tres vasos de leche, sumergí los pétalos de aquella rosa que esperaba por mi en una caneca de basura. Bebí su contenido y logré encontrar, de nuevo en él, el sabor de tu compañía.
Eres rosas, corazón.
Eres vida rota a cada beso.
Palabras sin sentido unidas por el afán de verte.
Vacío.
Como un abismo.
Como esos abismos de los que no se sale viva,
no por su profundidad,
sino por la hiedra seca al fondo
que te atrapa,
te ahoga
y te condena.
Cómo pedir ayuda, corazón, al juez que quiere condenarme si también es él el verdugo.
Y tú eres ambos.
Eres la brisa del Río San Francisco que susurra tu nombre.
Eres las piedras que caen sobre mi alma a cada segundo en que me olvidas.
Eres la cita que espero cada mes y que no vuelve.
Eres quien coloca canciones en mis oídos.
¡Ya te dije que viajé muy lejos y tu fuiste conmigo!
Enredándote entre mis versos afligidos.
No dejas de estar, corazón.
Por lo que debo reconocer que, aunque mil años pasen,
estoy presa de ti desde la noche en que entraste en mí.
Me he perdido, encontrado y recibido en los brazos de mil personas.
Miré atardeceres desde la ventana en que esperabas mi llegada.
Atardeceres con el sol del otro lado.
Atardeceres que me dejaban sin luz y sin ti.
Cómo reconocer, corazón, a la lluvia que quiere limpiarme y sigo sin permitirlo.
Viajé muy lejos, dejé el equipaje en casa y dormí hasta hinchar mis ojos de tanto soñar con tus pasos regresando, suplicando por hallar mi camino.
Guardé en una caja (sólo para ti, corazón) las partituras de la canción que cobra vida cuando tus ojos rodean mi cuerpo.
Cómo olvidar, corazón, que estás dentro.
Llené tres vasos de leche, sumergí los pétalos de aquella rosa que esperaba por mi en una caneca de basura. Bebí su contenido y logré encontrar, de nuevo en él, el sabor de tu compañía.
Eres rosas, corazón.
Eres vida rota a cada beso.
Palabras sin sentido unidas por el afán de verte.
Vacío.
Como un abismo.
Como esos abismos de los que no se sale viva,
no por su profundidad,
sino por la hiedra seca al fondo
que te atrapa,
te ahoga
y te condena.
Cómo pedir ayuda, corazón, al juez que quiere condenarme si también es él el verdugo.
Y tú eres ambos.
Eres la brisa del Río San Francisco que susurra tu nombre.
Eres las piedras que caen sobre mi alma a cada segundo en que me olvidas.
Eres la cita que espero cada mes y que no vuelve.
Eres quien coloca canciones en mis oídos.
¡Ya te dije que viajé muy lejos y tu fuiste conmigo!
Enredándote entre mis versos afligidos.
No dejas de estar, corazón.
Por lo que debo reconocer que, aunque mil años pasen,
estoy presa de ti desde la noche en que entraste en mí.
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