Veinticinco.
Llevas toda la vida soñando y de pronto, el mundo se te cae sin previo aviso.
Comprendí que mi vida era por y para la Historia. Retomé mis sueños y entré a la universidad gracias al apoyo de mi mamá. Lo que no sabía era el tormento de emociones que vendrían encima y que estaban en mi incluso desde antes de lo que creía.
Después del 14 de marzo del 2020 todo cambio, todos cambiamos. Yo no esperaba volver a encontrarme con una versión de mi destruida por si misma. Y allí estuvo, en abril me tuvo haciéndole daño a mi cuerpo, en mayo desesperada llorando y en junio con una de las personas que más quiero fuera de mi futuro y de mis planes.
Me hundí y me perdí totalmente.
La mujer que habitó mi cuerpo estuvo muerta en vida. Asumiendo duelos callada porque todos sufríamos. Asumiendo tristezas sola porque había gente pasando sufrimientos que para el mundo son reales, los míos no. Sentirse insuficiente para todo y todos, caminar como quien va sin querer encontrar sentido porque no hay amor dentro del cuerpo, prender el computador y pasar horas mirando la pantalla sin ver nada.
Perdida de mi misma. ¿Acaso hay algo peor?
Sin nada más que hacer, por donde empezar, volví a la raíz de todo: la persona que fui desde los catorce hasta los diecisiete años. Recorriendo mis páginas y amigos pasados, entreviendo lo que sentía, esas emociones primigenias llenas de imágenes victorianas (cementerios, flores, soles, paisajes montañosos y vestidos anchos) que me hacían imaginar un olor a lavanda flotando sobre mi vida, emanando ideas de un futuro lleno de viajes y amores bonitos. Sobre todo, conmigo en el centro. Conmigo acompañada de Jorge Isaacs, José Asunción Silva y María por la Candelaria, con la idea apenas incipiente, del siglo XIX.
La vida ha sido así, si.
Con el fondo del rock en español, tren al sur, me encamino hacia el sueño de estar dentro de un museo. Estudio para ello inglés y francés acompañada de una fuchi, una paloma moribunda y le petit feu de Diego, Sebastián y yo. Llevando negativos positivos de los viajes con la pachamama. Recuperándome del abismo, viendo los intentos de suicidio como algo ya lejano, producido por la mala idea del amor y la mala jugada de mi glándula tiroides a punto de estallar. Mi cabeza dándose golpes contra la pared insistentemente, mi nuca cayendo (afortunadamente) en la posición adecuada para que mi vida no se desconectara. Mi mamá llorando al frente mío. Los policías mirando mi cuarto lleno del desastre de una mujer que estaba destruida desde adentro. La ambulancia que me condujo hacia el hospital, fría y muy grande.
Todo aquello atrás.
Era ahora la mujer que parchaba con un punketo y dos locos bohemios. La mujer que encontró el lugar perfecto para olvidar todo: una universidad y un pregrado. Empezar a los veinte, terminar a los veinticuatro. Entrar. Caminar vestida con abrigo y guantes hacia la Biblioteca Nacional. Encontrar poesía: llegué a La Candelaria del siglo XIX disfrazada de XXI. Divagar por los museos hasta verla a ella, donde todo susurraba amor y desesperanza. De nuevo, encontrar la poesía, pero esta vez una que no esperaba: la voz de una mujer que me destripó el corazón, se metió y me enseñó la locura de amar profundamente desde el alma. Verla sin estar en cada lugar de mi Candelaria soñada, porque ella misma era eso: un sueño. El dolor vino, la desilusión, la tristeza y el llanto, acompañado de un par de cervezas, cigarritos en la oficina y música con el profe Víctor y mis nuevos amigos. La investigación, las lecturas en el Transmilenio (acompañadas de un par de lágrimas), la lluvia en la Luis Ángel y los almuerzos compartidos. Llegué al museo. ¡No lo puedo creer! El museo que no significaba ya únicamente el sueño de la infancia, sino el lugar del amor cada jueves. Estaba soñando despierta. La revista con mis amigos, el apoyo de esos otros tres mosqueteros. Nuestra historia juntos y como si eso no bastara, la nueva vida que trajeron desde arribita de la montaña las personas que nunca imaginé en mi vida, llena de plot twist, glitter, historia y no podía faltar la salsa que sonaba desde Cali para mi.
Allí empezó todo.
La oscuridad en agosto del 2019. El dolor de hacer daño, la exigencia de una investigación que casi me mata. Surgió la inseguridad, la certeza de cometer un error en cualquier momento. Desfase en mis días y mucho alcohol. Acompañada como estaba, abrasada y abrazada por la historia, mis amigos y la sombra del amor que fue, sentía que todo iba a mejorar.
Pero no fue así.
Aún faltaba atravesar las cuatro paredes de mi cuarto durante días que se convirtieron en semanas y meses inasibles. No me encerraron sola. Aunque todo lo bueno se quedó atrapado afuera, visto desde las pantallas que me rodeaban, viví con esa oscuridad, con las inseguridades que me encadenaron y echaron raíces enredando mi alma, mi vida. Yo dejé que lo hicieran porque no sabía. Me oculté hasta desaparecer casi por completo. Un frisbee me rescató, otras soledades vinieron a acompañarme. Las sombras del pasado se volvieron luz de nuevo. Cada noche. Cada día. Ese frisbee que me trajo a él. Al amor de nuevo, sin buscarlo nuestras tristezas se juntaron, las soledades cobijadas dentro de la cama. Juntos. Sin saber, sin sentido, acompañándonos desde el rayo del sol y el reflejo de la luna. Rodando en la bicicleta, oyendo nuestras músicas, acogiendo nuestros cuerpos. Amándonos. No había nada más que hacer cuando el abismo nos tenía enraizados, siendo esperanza.
Había ya pasado un año.
Perdida en el círculo vicioso de decir que si, que estaba avanzando en la tesis, pero qué va, cada día más hundida en las inseguridades de no ser suficiente, viendo el título de historiadora como algo tan profundo y tan hermoso que no lo podía tener porque no lo merecía, mientras sentía que todos los ojos a mi alrededor me juzgaban y me decían que yo nunca fui lo que fui, pura farsa, una máscara, una mujer incapaz e insuficiente. Insuficiente, insuficiente. Inútil. También había perdido al aliciente que me daba fuerza, mi modelo a seguir, esa profesora que me acogió en sus brazos desde el primer semestre y a quien yo sentía solo le había dado desilusiones. ¿Con qué cara le iba a hablar? Insuficiente, insuficiente. Los ojos juzgándome. Yo, sola. La Historia y mis sueños no bastaron durante un año para matar a la oscuridad. Crecía cada día que pasaba sin que yo leyera, sin que avanzara. Los que me conocían me decían de una u otra forma que yo no era yo, preguntaban porque no avanzaba y cada vez que yo postergaba la fecha de entrega y de grado, no entendían, no veían esas raíces que ataban mis manos y me congelaban frente a la pantalla. Me había hecho tan pequeña que no me veía.
Le echaba agua a las raíces.
Lentamente he salido de allí. Poco a poco pude romper esas raíces. El amor fue persistente, siempre estuvo allí aunque no lo veía. La oscuridad a veces absorbe la luz. Cada quien dejó sus pétalos, sus espinas y sus pistilos. Allí estuvo siempre. Insistiendo desde muchas voces, levantado y cosiendo mi alma de a pocos. Y me pregunto ¿Cómo me atreví a juzgarme y condenarme, ser mi propia verduga, cuando viví cada sueño al máximo? Logré mil cosas y me culpé por el encierro, por los errores. Después de leer, ¿con qué cara me dicen que porqué llevo un año jodiendo con la tesis si eso se hace en dos meses? No fui yo sola quien se levantó, pero si quien ha tenido la voluntad de decir que no se va a dejar más de esa oscuridad, que la va a echar a un ladito, que la va a enfrentar cada día hasta que sea débil, solo un pequeño recuerdo del mundo que me tocó vivir a los veinticinco años.
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